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Una lluvia extraordinaria no borra la sequía: cambia el tipo de riesgo

Una lluvia extraordinaria no borra la sequía: cambia el tipo de riesgo

El mismo evento puede aliviar y dañar. El sistema frontal que comenzó el 14 de julio en el Norte Chico dejó una escena difícil de resumir con una sola palabra. Hubo alivio para embalses, suelos y caudales después de años secos, pero también desbordes del río Elqui, cortes de agua potable, caminos interrumpidos y remociones en masa en Coquimbo y la provincia de Huasco.

El artículo de EL PAÍS sobre la declaración del Estado de Excepción Constitucional de Catástrofe ayuda a dimensionar que no estamos hablando simplemente de una “buena lluvia”. Estamos hablando de un evento que supera la capacidad normal de varias infraestructuras al mismo tiempo.

Los milímetros importan, pero no cuentan toda la historia Cerro Tololo registró hasta 214,2 milímetros, mientras Ovalle acumuló 122,6 y Salamanca 197. Son cifras muy altas para una región donde la precipitación anual suele concentrarse en pocos episodios. Sin embargo, el impacto hidrológico no depende únicamente del total acumulado.

También importan la intensidad por hora, la cota a la que cae la precipitación, la humedad previa del suelo, la presencia de nieve y la forma de cada cuenca. Una lluvia intensa sobre laderas empinadas puede convertirse rápidamente en escorrentía, arrastre de sedimentos y crecidas. La misma cantidad distribuida durante varias semanas tendría consecuencias muy distintas.

Qué cambia para la sequía Sería un error concluir que este evento “terminó” con la sequía. Una tormenta puede mejorar temporalmente la disponibilidad de agua, recargar algunos acuíferos y aportar nieve útil para los meses cálidos. Pero la recuperación depende de dónde cayó el agua y cuánto logró infiltrarse o almacenarse.

El agua que baja con demasiada velocidad hacia el mar no equivale a agua disponible para consumo, riego o ecosistemas. Además, los sistemas de abastecimiento pueden quedar más vulnerables cuando una crecida enturbia las captaciones o daña tuberías y caminos.

La adaptación debe mirar ambos extremos La lección no es construir una falsa oposición entre sequía e inundación. En cuencas cordilleranas pueden ocurrir ambas cosas, incluso dentro del mismo invierno. La planificación necesita estaciones de monitoreo, alertas hidrometeorológicas, zonas de inundación respetadas y obras capaces de operar bajo condiciones muy variables.

El balance oficial de SENAPRED y la cobertura de la emergencia muestran la dimensión inmediata del problema. El trabajo más difícil viene después: separar el agua que efectivamente queda disponible de la que solo pasó por la cuenca, y revisar qué decisiones redujeron o aumentaron la exposición.

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