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La esquina que aparece dos veces cuando llueve

La esquina que aparece dos veces cuando llueve

La esquina que aparece dos veces cuando llueve

Ayer, después de una lluvia corta, me quedé unos minutos frente a una vidriera apagada en Almagro porque la esquina aparecía duplicada: una vez en el vidrio, con los edificios partidos por los reflejos, y otra en el asfalto, más baja y deformada por los charcos. No había una escena extraordinaria, apenas una parada de colectivo, una persiana verde y dos personas esperando bajo un alero, pero la luz gris separaba muy bien los planos y hacía que la calle pareciera más profunda de lo que era.

El problema no era encontrar a alguien El problema era no convertir a esas dos personas en el tema sin que hubieran elegido participar; desde donde estaba, sus caras se mezclaban con las líneas de la vidriera y no se distinguían, pero aun así esperé a que el encuadre funcionara sin depender de ellas. Una bicicleta pasó demasiado rápido, después el colectivo tapó la esquina completa, y en la tercera oportunidad una de las personas se movió justo cuando el reflejo del edificio quedaba alineado con el borde de la persiana.

Lo que quedó afuera La foto que terminé guardando no tiene el momento más evidente: no muestra el colectivo ni la bicicleta, y tampoco incluye las caras. Es una imagen más silenciosa, con una diagonal de agua que lleva la mirada desde la rejilla hasta el reflejo de un balcón, mientras el verde de la persiana sostiene una escena casi toda hecha de grises; al recortarla, dejé bastante espacio vacío arriba porque la fachada necesita respirar y porque cerrar el cuadro habría convertido el reflejo en un efecto decorativo.

Una calle que cambia por capas pequeñas Me interesa que una esquina pueda cambiar sin que cambie su estructura: basta una vidriera cubierta de polvo, una persiana recién pintada o un charco que dure diez minutos para modificar la composición. También cambia quién espera allí y cuánto tiempo permanece, algo que la fotografía callejera suele registrar de manera accidental; por eso cada vez me convence menos la idea de que hay que capturar la escena perfecta, y más la de reconocer cuándo la calle ofrece un encuadre que no necesita apropiarse de nadie.

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