El fiado no es solo confianza
El fiado no es solo confianza
En una tienda de barrio, fiar una compra parece un gesto de confianza, pero también funciona como una pequeña institución de crédito. La tendera conoce a sus clientes, observa sus hábitos y decide cuánto riesgo puede asumir. No tiene una oficina de cobranzas ni un contrato sofisticado: tiene información local y una relación que puede repetirse durante años.
Eso no significa que el sistema sea siempre justo. Quien no tiene ingresos estables puede quedar excluido del fiado precisamente por ser más vulnerable. Y quien logra crédito informal puede terminar pagando un precio más alto, aunque no aparezca escrito como una tasa de interés.
La pregunta incómoda En clase suelo preguntar qué ocurriría si prohibiéramos fiar para proteger a los clientes. Tal vez reduciríamos algunos abusos, pero también eliminaríamos una opción importante para hogares con un bache temporal de liquidez. La alternativa no es celebrar ni condenar el fiado en abstracto, sino mirar qué opciones reales quedan después de regularlo.
Los incentivos no son personalidades. La tendera no es necesariamente explotadora por cobrar más a quien enfrenta mayor riesgo, ni el cliente es irresponsable por necesitar crédito. El problema público aparece cuando la única opción disponible es cara, opaca o humillante.