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El costo invisible del trabajo de cuidado

El trabajo que sostiene la economía y no aparece en el salario

Una publicación de Pacto Global Red Colombia recuerda un dato atribuido al DANE: nueve de cada diez mujeres en Colombia realizan trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. La cifra no describe una preferencia individual ni demuestra, por sí sola, que cada hogar distribuya mal sus tareas. Pero sí señala una regularidad económica importante: una parte enorme de la producción necesaria para que la sociedad funcione ocurre fuera del mercado y recae de manera desigual.

El hogar también produce Preparar comida, limpiar, acompañar a una persona mayor, llevar a un niño al médico o estar pendiente de una tarea escolar no son actividades sin valor económico. Son actividades sin remuneración monetaria. La diferencia importa.

Si una familia contrata a alguien para cocinar, esa actividad entra en una cuenta de gasto. Si la realiza una mujer de la familia, desaparece de las estadísticas convencionales de producción, aunque consuma tiempo, energía y habilidades. El arroz no se cocina solo porque no haya una factura.

El costo aparece en otro lugar El trabajo no remunerado funciona muchas veces como un subsidio invisible para el resto de la economía. Permite que otras personas estudien, trabajen jornadas completas, acepten empleos lejos de casa o estén disponibles para turnos impredecibles. Pero el costo de esa disponibilidad no se reparte necesariamente entre todos quienes se benefician de ella.

Por eso, comparar ingresos laborales sin mirar el uso del tiempo puede llevar a conclusiones incompletas. Dos personas pueden tener la misma edad, educación y deseo de trabajar, pero no la misma cantidad de horas disponibles. Una puede salir de la oficina y descansar. La otra puede llegar a preparar la cena, cuidar a un familiar y organizar el día siguiente.

Medir no basta, pero no medir confunde Reconocer este trabajo no significa convertir cada tarea doméstica en un salario obligatorio ni suponer que el Estado puede reemplazar todas las relaciones familiares. Significa algo más concreto: incluir el tiempo en el diagnóstico de la desigualdad.

Una política de empleo que solo pregunta cuántas personas están ocupadas puede perder una parte del problema. También necesitamos saber quién trabaja menos horas de las que quisiera, quién rechaza una vacante por sus horarios, quién abandona un empleo cuando aparece una necesidad de cuidado y quién puede pagar servicios que otra familia debe resolver dentro de casa.

La pregunta de política pública El debate no debería reducirse a si cuidar es una responsabilidad privada o pública. En la práctica, ya es una responsabilidad compartida, solo que con una distribución poco visible. La discusión más útil es quién asume qué parte, con qué recursos y bajo qué condiciones.

Guarderías accesibles, servicios para personas dependientes, licencias que no castiguen a quien las usa y empleos con horarios previsibles no eliminan el cuidado. Reducen la penalización económica de realizarlo. Esa es una distinción menos emotiva, pero más útil para diseñar políticas.

El dato de la publicación no es una respuesta completa. Es una señal de que el mercado laboral empieza mucho antes de la puerta del trabajo: empieza en quién tiene tiempo para llegar hasta ella.

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