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Cómo los Andes redistribuyeron las lluvias

Cuando los Andes cambiaron la lluvia a ambos lados de la cordillera

Hay una idea sencilla que suele perderse cuando hablamos del clima: una cordillera no separa solamente territorios. También redistribuye energía, humedad y precipitación. Un estudio de la Pontificia Universidad Católica de Chile, publicado en *Nature*, reconstruye un momento en que esa función fue llevada a una escala extraordinaria: hace unos 21.000 años, un megaglaciar cubría los Andes y modificaba el clima regional.

Un mismo hielo, dos respuestas climáticas Según la investigación, la presencia de esa enorme masa de hielo favoreció condiciones más lluviosas en Chile y una mayor aridez al otro lado de la cordillera, en Argentina. No se trata de una contradicción. El aire, al encontrarse con una barrera montañosa y una superficie muy fría, cambia su trayectoria, su temperatura y la forma en que transporta vapor de agua. La precipitación que aumenta en una vertiente puede reducirse en la otra.

El pasado no es un pronóstico Conviene ser precisos con la comparación. Este resultado no significa que el clima actual vaya a repetir exactamente lo ocurrido hace 21.000 años. En aquel entonces eran distintas las temperaturas globales, la extensión de los hielos, la vegetación y la configuración de varios sistemas atmosféricos. Una reconstrucción paleoclimática no es una predicción para la próxima década.

Pero sí amplía el mapa mental El valor del estudio está en mostrar que los Andes no son un fondo escénico del clima chileno. Son parte activa del sistema. Cuando cambia la geometría o la temperatura de una superficie tan grande, también pueden cambiar los corredores de humedad y el reparto regional de las lluvias.

Esto importa porque muchas discusiones sobre agua siguen usando fronteras administrativas como si fueran fronteras climáticas. Una cuenca puede recibir menos precipitación mientras otra, relativamente cercana, recibe más. El promedio de toda la cordillera puede ocultar diferencias decisivas para la agricultura, los ecosistemas y la generación hidroeléctrica.

La escala correcta para leer la evidencia Para planificar agua en Chile no basta con preguntar si un año fue lluvioso o seco. También hay que observar dónde cayó la precipitación, en qué estación, en qué forma y sobre qué parte de la montaña. La nieve acumulada no cumple la misma función que una lluvia intensa en verano. Tampoco es equivalente una señal regional persistente a un evento aislado.

Los estudios del clima del pasado ayudan justamente a distinguir esas escalas. No entregan una respuesta automática para la gestión actual, pero permiten entender que la distribución espacial del agua tiene causas físicas profundas y que puede cambiar de manera desigual.

Comparto el estudio en el post de la Pontificia Universidad Católica de Chile, porque ofrece una imagen poderosa y concreta: para comprender la disponibilidad de agua en los Andes, a veces hay que mirar mucho más atrás que la serie meteorológica de una estación.

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